Un trimestre viajando

Hoy hace tres meses de aquel día en el que por poco me quedo en tierra. A saber qué sería de mí si la suerte hubiera decidido quedarse dormida esa noche…

Tres meses que salí de casa.

Intento hacer introspección para ver si el viaje me ha cambiado en algo pero no consigo encontrar diferencias. En mi personalidad, digo. De alma soy mucho más feliz que antes, y ese es un cambio que quiero que sea perenne.

Lo que sí me he dado cuenta es que el viaje me ha hecho conocerme más. Es decir, ahora podría describirme mejor. Quizás no pueda ver los cambios en mí porque antes no sabía cómo era. No lo sé.

El caso es que ahora me conozco mucho mejor.

Me he dado cuenta que me gusta andar pero no tanto hacer senderismo. Creí que era una persona que disfrutaba de las caminatas en la naturaleza pero me he dado cuenta que no me gustan tanto.

Me he dado cuenta que me gustan las vivencias a fuego lento. Si algo me agrada, le voy a dedicar todo el tiempo que quiera. En este viaje he estado una hora sentada viendo el mismo paisaje, la misma cascada; horas y horas viendo animales dormidos, muuucho tiempo viendo una y otra vez los mismos cuadros y dibujos. Ahora que tengo tiempo me he dado cuenta que me encanta invertir el mío en mirar.

Me he dado cuenta que echo de menos a mi familia y amigas más de lo que me imaginé cuando todavía vivía en España.

Me he dado cuenta que soy igual de soñadora pero diferente. Ya no digo “me encantaría hacer X”, ahora digo “voy a hacer X”. ¿Notáis la diferencia? Siento que los límites de las posibilidades se han reducido, que no hay imposibles.

También me he dado cuenta que cuando se trata de sueños saco una fuerza de voluntad enorme. Las metas no se regalan, las metas se alcanzan. Y si hay que trabajar duro, se hace.

Me he dado cuenta que las RRSS me estresan. Que cada vez deseo más y más borrar todas mis redes y apagar el teléfono y vivir mi vida. No quiero decir que quiera perder el contacto con mis conocidos, todo lo contrario. Lo que pasa es que el contacto continuo es demasiado para mí. Me estresa que dos días de mutismo se conviertan en un “¿Marta estás bien? ¿Por dónde vas? ¿Cuál es el plan? Es que no has publicado nada”. Me causa estrés. Pero a la vez lo comprendo, y debo aceptar que no puedo desaparecer del mapa sin dejar ningún rastro. Sería cruel para mis seres queridos.

Siempre supe que me encantaban los animales, pero ahora lo reafirmo mucho más. Ver los animales en libertad me fascina, pero es que ver las mascotas también. Echo de menos tener mascota. Esta noche soñé que tenía un hámster ruso. Quizás sea hora de hacer un housesitting.

Me he dado cuenta que le cojo mucho cariño a las ciudades y a los momentos. Me encanta estar donde estoy, pero a veces añoro la granja, Lumsden, Curio Bay, Dunedin… Es como una dualidad: me gusta el ahora pero añoro el ayer, aunque si me quedara en el ayer ahora estaría insatisfecha. Creo que simplemente no me gusta anclarme, me gusta el cambio y el movimiento, aunque eso signifique dejar atrás lo que te ha hecho feliz. La quietud prolongada me causa incomodidad.

Me he dado cuenta que cada vez aparto más la cámara. Siempre me ha encantado la fotografía y el vídeo. Y ahora tengo la oportunidad perfecta para hacer mil vídeos y no me sale. Me da pereza. No veo momento de interrumpir mis vivencias para coger una cámara y ponerme a grabar, y luego invertir mi tiempo en editar. Estoy segura que en un futuro me haría muchísima ilusión ver esos vídeos, pero es que no puedo. Sólo me apetece vivir los momentos, no grabarlos (y muchas veces ni fotografiarlos).

Ya me di cuenta de ello con el desafío de los 21 días, y es que si tengo que escribir por obligación, no lo voy a hacer. Y ya me estoy arrepintiendo de escribir tan poco en mi diario (físico, no digital), pero no me salen las palabras cuando me obligo a escribir. Y tengo que obligarme porque sino no lo hago. No me gusta escribir pero tampoco me gusta no escribir. De alguna forma tengo que arreglar esto.

Me he dado cuenta que soy persona de agua. Aquí he visto paisajes montañosos increíbles. Paisajes que creo que jamás ningún otro lugar podrá superar. Sin embargo donde siempre me he sentido mejor, más en paz y fascinada ha sido frente al mar y a lagos. Me encanta el agua (no tanto mojarme), sobre todo el mar, su inmensidad, su azul, su olor… Soy mujer de agua.

 

Quizás no haya notado cambio en mí -aunque seguro lo ha habido-, pero creo que también es muy importante el conocerse a uno mismo. O quizás esté forjando una nueva personalidad, quién sabe. Sea lo que sea me gusta quien soy y la vida que llevo. Que así siga