Cuarto mes de viaje I: la pausa

No sé cómo enfrentarme a mi blog después de tanto tiempo sin escribir. Pero aquí estoy: he vuelto. Y he regresado con muchísimo que contar.

He estado ausente porque todo enero y febrero he estado viajando non-stop hasta el presente/la pausa/el stop, a gusto del lector.

 

Cuando inicié el blog, hace ya un poquito más de un año, había tomado una decisión que estaba dispuesta a completar costase lo que costase (¡error!). Y esa era vivir viajando. Lo del error es cosa del “cueste lo que cueste”, ya que para mí nada debería merecer la pena.

Lo de vivir viajando es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

 

En lo más profundo de mi corazón sabía que se podía, sobre todo porque había visto a otros hacerlo. No en primera persona, claro está, sino visto en la red, en libros e incluso en documentales. Mi corazón me lo decía y ellos lo mostraban y lo gritaban a los cuatro vientos: puedes vivir la vida que deseas vivir, sólo tienes que romper un poquito algunos moldes.

Y yo nunca he sido de encajar.

Soy más de volar.

 

Yo tenía -y tengo- un plan viajero-vital que dejé plasmado en un post en el que, recuerdo con una sonrisita escapándose de mis labios, manifestaba mis bajas aptitudes en el ámbito geográfico. Porque siempre he sido un desastre con los mapas y relieves y ríos y formaciones.

Pero fíjate tú algo que me ha aportado viajar: me sé enteritas las dos islas de Nueva Zelanda, uso mejor los atlas y ahora puedo incluso proyectarlos en mi mente. Antiguamente pensar en un mapa me causaba mucho estrés y no podía proyectar ningún mapa mental porque no había manera de aprender un mapa. Me cuesta mucho llegar de un punto A a un punto B porque no sé leer las indicaciones correctamente y me bloqueo. Pero ahora, de forma totalmente natural y sin preverlo, he mejorado muchísimo a la hora de leer un atlas. ¡Punto para mí! 😁

Eso sí, mi orientación sigue muy, pero que muy desorientada. Step by step…

 

Ay, que me desvío del tema.

Lo que quería contar era que yo tenía un plan de vida a largo plazo. Evidentemente es sólo una idea, estoy abierta a que pase lo que tenga que pasar y a modificaciones. E incluso a dejar de desearlo.

El caso es que nadie creía en mi plan, salvo Miguel (❤). Y eso me llevó varias veces a dudar de si estaba tomando el rumbo correcto o no. Yo deseaba viajar por el mundo intercalando periodos de trabajo in situ con viajes lentos. Quiero disfrutar de los países y sus ciudades y sus pueblos y su gente desde lo más interior que me sea posible.

No quería trabajar, tener vacaciones y volver a casa para volver a trabajar. Sobre todo porque en general (¡qué digo en general!: TODOS) los trabajos están muy descompensados con los períodos vacacionales: once meses de trabajo, uno de vacaciones.

Espera, que lo repito para que se interiorice bien: ONCE meses de trabajo frente a UNO de vacaciones.

No way. Por ese aro no paso.

Que no es lo mismo que “no pasaré”. Simplemente ahora no me apetece. Me apetece estar haciendo justo lo que hago: vivir según lo que siento.

 

Porque lo pasé muy mal en su día. Es más, este blog nació porque estaba mal, estaba triste y no me gustaba mi vida. Fueron tiempos de altibajos, de tormentas emocionales, de inquietud. Con esa experiencia fue cuando aprendí aquello de que “nada puede merecer la pena”.

Pero he aprendido otra cosa más: a escucharme.

¡A escucharme! Qué maravilla.

 

Si ahora mismo estoy donde estoy -tumbada en el sofá cuidando de dos gatas en la casa más grande y “””lujosa””” en la que he vivido nunca- es porque me escuché y me adelanté a los acontecimientos.

Llevábamos un mes y poco de viaje cuando comencé a estar inquieta. Fueron un par de días en los que un “run run” correteaba por mi cabeza. Había algo que mi subconsciente no paraba de pensar, pero yo no lo oía. En mi mente se estaban dando una serie de pensamientos y no se me estaba incluyendo en el proceso.

Hasta que decidí pararme a escuchar (CREO que lo que hago se asemeja bastante a la meditación). Y descubrí algo: mi cuerpo me avecinaba que nos íbamos a cansar. Yo no sabía por qué pero había sacado esa conclusión.

“Miguel, nos vamos a cansar, tenemos que alquilar una habitación para marzo”.

Imaginad el semblante de Miguel cuando le dije eso. ¿Pero no querías empezar a trabajar en marzo? ¿Cómo que alquilar una habitación? ¿Sabes que eso se nos sale de presupuesto?

Pero la decisión ya estaba tomada. No quería por nada del mundo alterar mi paz interior, así que decidí escuchar y hacerme caso. Y como no teníamos suficiente dinero para alquilar algo, decidimos concretar para las dos primeras semanas de marzo un housesitting con una pareja con dos gatitas (explicaré en profundidad en otro post de qué trata el housesitting, pero básicamente es cuidar mascotas y plantas mientras los dueños están ausentes: nosotros vivimos en su casa y cuidamos de sus mascotas mientras ellos, los dueños, por lo general, viajan).

Acordamos el housesitting y nos olvidamos del asunto cansancio.

Miguel confiaba en que efectivamente llegaría un punto del viaje en el que yo me cansaría, por el simple hecho de pensar que me cansaría (como los hipocondríacos, vaya). Pero lo que ninguno de los dos nos imaginamos fue que los últimos días de febrero serían mortales para nosotros. Bueno, igual mortales no, pero se hicieron pesados.

Estábamos cansados al cubo. No durábamos despiertos muchas horas, por lo que no podíamos hacer muchas cosas, todo nos cansaba, no nos apetecía aprovechar nuestros últimos días de viaje para visitar lugares nuevos. Estábamos realmente cansados. Los dos.

Agotados, exclamábamos “¡menos mal que el 28 comenzamos el housesitting!”.

Miguel todavía se sorprende de que pudiera anticiparme a ello, porque él dice que jamás se imaginó sintiéndose como se sintió a finales de febrero. Era algo que ninguno habíamos experimentado antes.

 

¿Sabéis esas veces que os sentáis en algo blandito y removéis el culo intentando encontrar la postura perfecta? Removéis, os sentís incómodos, y volvéis a remover… ¿Os ha pasado?

Pues así me sentía a mediados de febrero. Había algo removiéndose en mí que no encontraba la postura ideal. Fue darme cuenta del enorme WARNING! que me estaba enviando mi cuerpo, y volver la paz interior.

Resulta que toda aquella época de turbulencias en mi alma han derivado en esta capacidad no sólo de escucharme, sino de apostar por mis instintos. Que sí, que por temas monetarios habría convenido comenzar a trabajar. Pero si me siento tan en paz con las decisiones tomadas, confío en que he hecho lo correcto.

 

Recuerdo que en el tercer mes de viaje escribía que si había aprendido algo, todavía no estaba siendo consciente de ello.

Ahora sé que he aprendido a tomar mejores decisiones en base A MÍ, no a lo que me conviene, me es mejor, me sugieren, me comentar, me aconsejan, se-dice-que… Está bien saber la opinion de otros para tener una perspectiva más amplia y alejada de uno mismo, pero la última palabra la tengo yo, y soy yo quien “sufrirá” (o disfrutará, oye) las consecuencias.

 

Porque si en lugar de haber seguido mi instinto hubiera seguido los consejos (miedos) de los demás, ahora mismo no estaría escribiendo que llevo cuatro meses viviendo viajando ✈

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