Diario de viaje kiwi 3: lo que mal empieza… bien acaba en Dunedin

Día 8 de viaje (del 11 al 13 de enero de 2018): después de recorrer Los Catlins, tenía el cuerpo hecho polvo. En cuestión de días habíamos surfeado, hecho largas caminatas de senderismo, visitado varios puntos de interés… Tenía agujetas y me dolía el pecho por la tabla de surf, así que decidimos relajarnos unos días en Dunedin, el último punto de la Ruta Escénica del Sur.

 

Es curioso, que nuestro coche sea nuestra casa nos ha dado la oportunidad de dormir en todo tipo de lugares. Desde despertar frente al mar hasta dormir en cunetas. Sin embargo, lo que nunca me imaginé fue que dormiría al lado de un circo que, para qué engañarnos, le daba al ambiente cierto toque… tétrico. Será que esa tetricidad (?) se nos contagió un poquito y al día siguiente todos nuestros planes se fueron al garete.

O casi.

Marta Diarra Lampi
Anda y dime que te da buen rollo

Después de haber pasado unos días en Dunedin, notaba cómo mi cuerpo se estaba recuperando, así que el viaje debía continuar. Sin embargo, Miguel quería despedirse de Dunedin con un picnic en las alturas, admirando el paisaje de la ciudad.

Ese habría sido un plan perfecto si no fuera porque estaba nublado. Extremadamente nublado. No se veía un carajo.

Así que con cierta desilusión descartamos el plan picnic. Lo último que queríamos era tener que salir corriendo monte abajo porque la lluvia decidiera hacer acto de presencia sin ser invitada. Mejor buscar una alternativa.

Y eso hicimos. Encontramos el plan perfecto: traspasar el picnic a una playa donde, en teoría, se pueden ver focas y pingüinos de ojos amarillos. Así que fuimos al Pack’n Save, compramos comida para el picnic y para allá que nos fuimos.

Marta Diarra Lampi
Un día estúpidamente nublado

Hay veces que en Nueva Zelanda el Google Maps decide volverse loco, y estoy segura que la aplicación no encontró mejor día que este para mandarnos al quinto carajo, lejos de donde queríamos ir.

– Miguel… ¿seguro que es por aquí?

– Eso dice el Maps.

– Yo creo que el cartel ese de “Albatross & Penguins ➙” ya lo hemos visto dos veces.

– Mierda…

Exacto. Google Maps se había hecho un lío y nos estaba llevando por donde no debía, haciéndonos dar vueltas y vueltas.

Finalmente encontramos el lugar sin ayuda del Maps, pasamos por una carretera horrible de tierra y llegamos al inicio de la playa. Sí, al inicio, porque para llegar a ella debías recorrer un camino de 1h ida… y yo con el cuerpo malo todavía… Nope.

– Oye Miguel, ¿recuerdas el cartel ese de los albatros?

– ¿Qué carajo es un albatros?

– Ay, yo qué sé. ¿Vamos a averiguarlo?

– ¡Venga!

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Básicamente un albatros es una gaviota gigante

Así que volvimos a pasar la horrible carretera de tierra, pasamos el cartel de los albatros y pingüinos, me emocioné un montón al descubrir en Internet qué era un albatros, buceé un poco más sobre ellos y… resulta que nos estábamos dirigiendo hacia Royal Albatross Centre, un centro de conservación de flora y fauna y el único sitio donde puedes ver a estas aves en libertad en su ambiente natural…

… pagando un tour.

Más de lo mismo con los pingüinos azules, ya que la zona donde están es restringida y sólo puedes visitarla con guía.

Nuestro gozo en un pozo.

No es que fueran tours caros, la verdad (50NZD los albatross, 35NZD los pingüinos azules), pero nos habíamos propuesto ver a los animales en libertad si la Naturaleza así lo quería, no través de agencias o centros, aunque fueran de conservación. Sin embargo -bendito Internet-, encontré un comentario que decía que si te paseas por los alrededores del Royal Albatross Centre, podías tener la suerte de que alguno volara por allí.

No teníamos nada que hacer y ya se dice que la esperanza es lo último que se pierde, así que ¡allá que fuimos!

Marta Diarra Lampi

Llegamos a lo alto de un acantilado, a un lugar en el que debía haber también una colonia de gaviotas, porque la cantidad de aves por metro cuadrado era de una cifra anormal. Lo que tampoco era normal era el VIENTO -en mayúsculas- que hacía. Ni las propias gaviotas podían volar si ser revoloteadas. Cada vez que una alzaba el vuelo, salía disparada hacia los confines del cielo.

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A la izquierda, un mirador; enfrente nuestra, el Royal Albatross Centre; y a la derecha, otro mirador. Debíamos decidir a dónde ir. Y en esta decisión, fue cuando nuestra suerte comenzó a cambiar.

Decidimos ir a la derecha, donde había gente.

Estuvimos mirando un rato el espectáculo de las gaviotas que querían volar pero no podían, hasta que Miguel divisó un ave grande. Quiero decir, inusualmente grande…

Marta Diarra Lampi

Se supone que de punta a punta, las alas de los albatros pueden llegar a medir hasta tres metros. Y había un pájaro gigante sobrevolándonos. Menos mal que decidimos traer nuestros prismáticos, porque sino nunca habríamos salido de dudas sobre si lo que estábamos viendo era o no un albatros. Y vaya si lo era, ¡yujuuu! 😁

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No sé si vimos varias veces al mismo o es que iban y venían, pero sobrevolaron la zona varios albatros. Estuvimos allí más o menos una media hora. Así que contentos con el avistamiento, decidimos explorar el otro mirador.

Marta Diarra Lampi
El otro lado del acantilado

Allí encontramos una playa con mil gaviotas y focas. Eso sí, todas durmiendo la siesta y dándose algún que otro chapuzón repentino. Sin embargo nos encontrábamos muy augusto, observando a las focas con los prismáticos, examinando e inventándonos historias sobre el extraño comportamiento de las gaviotas y las focas, disfrutando del lugar y su “tranquilidad” (en serio, las gaviotas son muy ruidosas).

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Nos encontrábamos tan a gusto que estuvimos dos horas observando. Hasta que una gaviota gigante y enfadada llegó a la playa y “regañó” a las otras gaviotitas, vaya usted a saber por qué.

Quizás debía ser hora de irse.

Marta Diarra Lampi
La gaviota mandona

Cuando estábamos subiendo las escaleras para regresar al coche, una señora mayor me miró de lejos y puso su dedo índice sobre sus labios. Yo la miré desconcertada, y le hice un gesto con la cabeza. Ella asintió con la suya.

No mediamos palabra, pero supe exactamente qué me estaba diciendo. Y el corazón me dio un vuelco.

Escondido, entre los arbustos, había un pingüino azul. ¡¡¡Un pingüino azul!!! Nos os podéis ni imaginar la enorme alegría que me invadió, sobre todo porque yo daba por hecho que jamás vería uno por lo difícil de su avistamiento. Pero allí estaba, pequeñito, escondido y verdaderamente azul.

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El pingüino azul, también conocido como pingüino del hada (?), es la especie de pingüino más pequeña del mundo, siendo su medida habitual 40 centímetros y pesan -atentos- un kilito. Viven todo el año en grandes colonias y cuando salen por las mañanas hacia el mar, lo hacen en grupos pequeños para poder defenderse de los depredadores.

¿A que es adorable? 😍

 

Y aquí debería acabarse el relato de un mal día que acabó bien.

Pero no.

Estábamos tan on fire por el pingüino azul, que en lugar de conformarnos con la mano que nos tendió la buena suerte, le agarramos el brazo. Y claro, pasa lo que pasa: que la retira.

En plena euforia pingüinística (?) nos vinimos arriba y dijimos “¡oye, ya que hemos tenido suerte con los animales, vamos a buscar más pingüinos!” y nos fuimos a Sandfly Bay, una playa preciosa donde habitan leones marinos y pingüinos de ojos amarillos (que ya habíamos visto en Curio Bay).

Ya por el camino nos encontramos con bastante niebla en la carretera, pero estábamos tan emocionados que no había clima que nos parara los pies.

Marta Diarra LampiMarta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Marta Diarra Lampi

Claro, tú la ves así y dices “ooohhh, qué bonita”. Pero son 40 minutos para bajar a una playa de dunas… ¿Sabes lo que significa que sea de dunas? ¡¿SABES LO QUE SIGNIFICA!?

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Esto. A cada paso. Real como la vida misma.

Marta Diarra Lampi

No había humano en el mundo que pudiera avanzar por un terreno así. Cada paso te enterraba a mil kilómetros bajo tierra. Es decir, que los 40 minutos de bajada se multiplicaron por tres. Y no sólo eso: el viento. Hacía un viento horrible que alzaba al vuelo a la arenita fina de la playa directa a nuestros ojos.

Cuando bajamos, el viento era tan intenso que el choque de la fina arena con la piel dolía mil demonios, y a Miguel se le metió tanta arena en los ojos que no hubo más remedio que darnos la vuelta y volver.

A los DIEZ minutos.

Eso sí, los diez minutos mejor aprovechados de nuestra vida: vimos dos pingüinos de ojos amarillos y un león marino. Uno de los pingüinos, el muy pobre, estaba subiendo una enorme y empinada duna. Anda que tener que hacer eso todos los días de su vida… No me atreví a sacar la cámara por miedo a que se llenara de arena y la liara parda, sino hubiera retratado la ardua -y bastante admirable- tarea del pingüino.

Marta Diarra Lampi
¿Ves la arena arrastrada por el viento?

En fin, que venga otras mil horas de subida, con más arena en los zapatos que en el Desierto del Sahara, con los ojos como un chino sospechando y la piel más dolida que la de un alemán en pleno agosto en la Costa del Sol española. Y os recuerdo que yo tenía el cuerpo chunguele por el trote que le di en Los Catlins.

Un desastre, vaya.

 

Para cuando llegamos al coche, estaba cayendo la tarde, así que tuvimos que conducir de noche. Cabe explicar que nosotros siempre evitamos a toda costa conducir por la noche porque… bueno. En Nueva Zelanda te arriesgas a atropellar a algún animal nocturno, que desgraciadamente son muchos.

Pero si esa noche algún animalejo se quedó bajo nuestras ruedas -espero que no-, ni siquiera podríamos haberlo visto. Porque nos habíamos introducido de lleno en la novela The Mist de Stephen King. Jamás, y repito, JAMÁS habíamos estado en un lugar con una niebla TAN espesa. No podíamos ver nada en 360º. Encima conduciendo… la verdad es que pasamos (pasé) miedillo. Pero menos mal que Miguel es un excelente conductor y tomó todas las precauciones habidas y por haber.

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Si te fijas, sólo se ve una rallita de la carretera. UNA.

Sin embargo llegamos sanos y a salvo al sitio elegido para dormir, un amplio camping con váteres portátiles. Al final la suerte se apiadó un poco de nosotros y por la noche vino a visitarnos (bueno, a la tienda de campaña de al lado) un erizo simpaticón buscacomidas 🙂

Tocaba descansar, ya que al día siguiente empezaríamos a explorar lo que más ilusión hacía a Miguel: la zona de glaciares.

 

Y tú, ¿alguna vez viajando se han truncado todos tus planes? ¿Cómo acabó el día finalmente? Cuéntamelo en los comentarios 🙂