Pinceladas de mis días en Dargaville

Cuando suena la música, sé que es hora de entrar a trabajar. Vivo, literalmente, a 30 segundos de mi puesto de trabajo, por lo que no es de extrañar que a veces me levante quince minutos antes del comienzo de mi jornada laboral.

A pesar de vivir doce personas en casa, nunca hay colas en la cocina ni en el baño, asi que es imposible llegar tarde. Imposible.

Probablemente la música que se escuche sea un 65% rap afroamericano, un 10% de reggae, un 5% de música isleña maorí y un 20% de grandes éxitos de los ’70.  Todo mezclado. Esa será mi banda sonora por ocho horas diarias.

Dudo que exista en el mundo un ambiente de trabajo más relajado. Puedes trabajar de pie. O sentado, si quieres. Puedes escuchar música, hablar, reír, trabajar a la velocidad de la luz o ir leeeeeennntooo. Todo vale. Lo importante es que el trabajo quede hecho. Y el hecho de estar escuchando música isleña no hace más que ayudar a la relajación.

Porque así son los maoríes. O al menos, mis compañeros de trabajo. Salvo los doce que vivimos en casa y un par más, todos -jefa incluida- son maoríes. Hablan alto, fuman mucho, fuck es la palabrota más suave de su vocabulario básico y en realidad decir que fuman mucho se queda corto, visten como raperos-gánsteres en pijama y su lenguaje no verbal va en sintonía con su aspecto. Para mí, son la versión neozelandesa del -muchas veces injusto- imaginario gitano español. Pero a su vez ríen fuerte, bromean mucho, son felices y contagian esa felicidad a todos; son relajados y alegres y trabajadores. Mucho. Por eso es imposible estar mal en el trabajo. Es imposible estar triste o estresado. Y si lo estás, sólo basta con iniciar una conversación con ellos: su buen humor es contagioso.

A veces pienso en mis compañeros como si los malotes del Bronx se hubieran mudado a Rarotonga, y que un encontronazo a mano armada con ellos sería en plan “give me all your fucking money madafaka!!! But take it eaaasy bro, take your time. Peace my fucking bro!”.

Algo así.

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Pero no sólo me gusta mi trabajo por mis compañeros, también me gusta por el trabajo en sí. Los primeros días me sentaron genial. Cortamos plantas a mano, preparamos las plantas a mano y las plantamos a mano. Es decir, todo el proceso es artesanal, sin mucha maquinaria de por medio. Creo que eso me sentó de maravilla después de haber tenido mis experiencias con grandes producciones de grandes maquinarias. Necesitaba ese ratito terapéutico de coger la planta, mirarla, oler a qué huele cuando es cortada, notar sus imperceptibles pequeños pelitos de los tallos en mis dedos. Eso me brindó la oportunidad de centrarme en el ahora y conectar un poco más con la naturaleza.

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Porque no lo he dicho, pero trabajo en una plantación de kumara. Perdonad, seguramente no lo sepáis, pero kumara es el nombre que los maoríes dan a la sweet potato. Yo no lo sabía, pero resulta que la patata tiene una hermana gemela a veces morada, a veces naranja, cuyo sabor es dulce. A mí no me gusta, porque es como si al freír patatas en lugar de echar un toque de sal, echaras azúcar. Pero podéis imaginar que tiene sus seguidores. Miguel el primero.

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Kumara/Sweet potato

Los días libres suelen deberse a dos causas: una, porque es fin de semana y toca; y dos, porque ha llovido. Salvo excepciones contadas, los días de lluvia no se trabaja porque no podemos plantar. Así que la mayoría de días libres son para pasarlos en casa. En una casa que, por cierto, no tiene Internet. No os podéis ni imaginar la de juegos de cartas que he aprendido a jugar con mis compañeros. Una vez tuvimos una semana en la que llovieron varios días seguidos. Esos días fueron duros. Estar encerrados en casa a veces se hace duro.

Porque donde vivimos no hay nada que hacer. Trabajar en el campo y vivir a 30 segundos de tu puesto de trabajo, significa vivir en el campo. Y eso en Nueva Zelanda se traduce a vivir en medio de la nada. Dargaville, la ciudad, está entre cinco y diez minutos en coche de nuestra casa. Y ahora que hemos vendido el coche, dependemos de nuestros compañeros para que nos lleven a la ciudad.

En Dargaville no hay mucho que hacer: hay una biblioteca que deja el WiFi encendido 24h al día, un par de supermercados, unos cuantos restaurantes y cafeterías, un par de tiendas, unos cuantos talleres de coches, un videoclub (sí, aún existen), un hospital que abrió en 2010 y poco más. Es más, el cuerpo de bomberos está formado por voluntarios: cuando se necesitan sus servicios, suena una sirena que se escucha por todo el pueblo (al principio creí que era una especie de toque de queda), y ahí es cuando todos los voluntarios deben ir corriendo al edificio de bomberos para coger los camiones. Lo vi todo una vez que estaba en el parking de la biblioteca conectada al WiFi.

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Pero a veces, si la suerte te sonríe y tienes un día libre soleado y tienes coche, no te faltarán cosas por hacer. Dargaville se encuentra en Northland, la parte más norte del país, esa que la mayoría de turistas no visitan. Northland es tremendamente verde, con preciosas playas, pueblitos costeros y selvas templadas. Es más, a unos 40 minutos de donde vivimos, hay un lago enorme llamado Kai Iwi que es verdaderamente precioso. Sus aguas son de un azul turquesa que, abruptamente, como si se hubiera trazado una línea con regla, se torna de color azul añil. Creo que esta vez, una foto vale más que mil palabras.

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Kai Iwi Lakes

 

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Por no hablar de los compañeros, que no nos faltan. Somos cinco franceses, tres taiwanesas, un alemán, una sueca, Miguel y yo, los españoles. Somos muchos, todos jóvenes backpackers que sorprendentemente no montamos fiestas de desmadre, tenemos turnos de limpieza que respetamos mucho y, curiosamente, todos comemos muy sano. Vamos, todo lo contrario al típico mochilero (y a Ohakune).

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De izq a dcha: Stephen, Eva, Alex, Lucas, Solenm, Danita, Juanita, Jonathan, Violeta, yo, Miguel y Melanie en Halloween

La casa no es enorme pero tampoco pequeña. Las camas literas están repartidas en dos habitaciones. Miguel y yo compartimos habitación con una pareja francesa y el alemán. Aunque parezca que seamos muchos, nunca tenemos problemas con la cocina gracias a nuestras diferencias culturales: cuando nosotros vamos a cenar, algunos ya están dormidos o lo hicieron hace horas. Maravilloso, ¿verdad?

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Ese domingo todos cocinamos un plato típico de nuestro país 🙂

Mi vida en Dargaville es tranquila. Quizás demasiado para algunos. Quizás demasiado para mí en otro momento de mi vida, pero no ahora. Nada más llegar, le dije a Miguel que no podríamos haber caído en mejor lugar para pasar nuestros últimos dos meses en Nueva Zelanda. Y ahora que me quedan tres días aquí, lo confirmo. Vivir y trabajar en este ambiente me ha brindado tiempo para interiorizar todo lo vivido en un año, que no es poco. Y de descansar y canalizar en condiciones mis emociones, que ya se me estaban agolpando en el pecho.

Dargaville ha sido para asimilar, para decir adiós y para prepararse para lo que está por llegar.

Hasta siempre, kumara country.

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