Mi vida en el desierto australiano

Estoy en el momento más tranquilo de mi vida.

Fíjate que en Nueva Zelanda no paré quieta. Durante los catorce meses no dejé de viajar ni un momento. Y cuando estaba “asentada” salía a explorar en casi todos mis días libres. Y entrecomillo “asentada” porque el máximo de tiempo que estuve viviendo en un mismo lugar fueron tres meses. Es decir, me mudaba de un sitio a otro en menos de 90 días. No podía aguantarme las ganas de viajar.

Y ahora pretendo quedarme seis meses en el mismo lugar.

Porque en Australia esta Work and Holiday la estoy viviendo de un modo totalmente diferente. Ahora mismo llevo dos meses y poco en una comunidad en el medio del desierto. En un “pueblo” de unos mil habitantes, probablemente el 80% de ellos aborígenes. Y como no tengo coche, desde que llegué aquí sólo he salido una vez (a 20min de distancia). ¿Os imagináis no salir durante meses de, por ejemplo, vuestro barrio? Yo sí, porque no tengo ninguna necesidad de salir. A pesar de que aquí no hay grandes entretenimientos. Es más, por poder, no te puedes ni tomar una cerverza porque el alcohol está baneado (tampoco me importa, no me gusta la cerverza) ((siii odiadme birra-lovers!!!)).

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Las calles de Fitzroy Crossing

En cuanto al trabajo, lo hago seis días a la semana en la cocina de una gasolinera que, aunque es verdad que a veces es estresante, no es muy duro. Y cuatro días a la semana trabajo en un supermercado. Los días que combino ambos, hago 12h de trabajo al día.

Los momentos que más disfruto es cuando me despierto temprano y me voy a mi terraza –porque mi habitación tiene terraza propia– a escribir, a leer, a ver alguna serie o película o documental. Ese, es mi momento favorito del día.

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Porque aquí siempre hay luz. Vivir en el desierto significa que siempre hace calor. Nunca baja de 35º y casi siempre veo el termómetro alrededor de los 40º. Nunca está nublado y rara vez llueve por el día. Y eso que estamos en rainy season, por eso hay tormentas eléctricas casi todas las noches. Algunas de ellas son verdaderamente fabulosas.

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Porque aquí no hay edificios, ni ruido, ni contaminación. Aquí sólo escuchas a los pájaros piar o a los sapos croar. Ah, y las águilas. Decenas de águilas que surcan los cielos. Siempre que las escucho (¿cantar? ¿piar? ¿aguilear?) me da la sensación de estar metida en una película del lejano oeste. Bueno, es que estoy viviendo en la costa oeste australiana.

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Águilas en el tendido eléctrico

Lo bonito de vivir en un lugar sin edificios es que tienes el horizonte casi a ras del suelo o el cielo, libre. Lo que significa que cuando hay un atardecer bonito, lo inunda todo y lo ves completo.

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Estos son las casas más altas, de dos pisos.

Además, tengo dos mascotas adoptivas. Una es un gatete que viene a visitarnos a la gasolinera en días aleatorios y es un amor. Pero el otro es una rana verde verde que sospecho vive en una tubería, porque a veces la escucho croar y el sonido que se crea, engrandecido por el tubo, es espectacular.

Lo que me gusta de la rana es que siempre la encuentro, más o menos, a la misma hora en el mismo lugar: la hora en la que terminamos de trabajar cerca de la puerta de salida. Siempre que la veo, le saco una foto. A veces me gusta pensar que se pone ahí por lo mismo que le saco fotos: quizás le parezca curioso que el mismo grupo de humanos pase a la vez por el mismo sitio a la misma hora todos los días.

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Así que mi rutina es levantarme, trabajar a veces 12 horas o tener unas horillas libres para mí e ir a la gasolinera; volver a casa, hablar con mis compañeros de piso, ver un capítulo de “The Big Bang Theory” y a dormir. Los días libre quizás escribo, quizás leo, quizás voy a la piscina… según.

Tengo la vida más tranquila y aburrida del mundo, y no la cambiaría ahora mismo. Quizás menos horas de trabajo sí, pero estoy feliz aquí donde estoy. Como diría un amigo gallego: “felizmente cansada”.

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Tenemos piscina pública gratuita

Esto me demuestra que somos cambio constante, que mutamos. Que la Marta de hace un año no es la misma de ahora. Hace un año esto se me habría hecho insufrible, mientras que ahora es placentero. Por eso es importante conocerse bien a uno mismo, para poder estar en el momento adecuado en el sitio adecuado haciendo aquello que se adecúe mejor para hacernos feliz.

Y yo por suerte me conozco muy bien.

 

P.D: durante el mes de marzo realicé un proyectillo fotográfico en el que saqué una fotografía al día de, básicamente, mí trabajando. Pincha aquí si quieres echarle un vistazo 😊