República Independiente de Whangamomona, la joya del mundo olvidado

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

El parón fue tan brusco, que la fuerza de la inercia no sólo detuvo al coche, sino a mi corazón por unos instantes. Lo que me pareció un loro en miniatura de color rojo-azul-verde-amarillofluorescente se había cruzado ante nosotros con intenciones si no suicidas, al menos bromistas, pero de muy mal gusto.

– Este sitio es muy raro, Miguel.

 

La curiosidad fue lo que nos llevó a ese momento. Estábamos, otra vez, cruzando las dos islas de Nueva Zelanda para comenzar en un trabajo nuevo. Todavía nos quedaban dos días de viaje cuando, de repente, lo vimos por la ventanilla del coche.

“FORGOTTEN WORLD HIGHWAY BEGINS”

Autopista al mundo olvidado. Qué nombre tan… curioso. “Mundo olvidado”, suena casi poético. Teníamos tiempo para un desvío. ¿Por qué no? Seguro no llevará mucho tiempo. ¿Cómo resistirse? Autopista al mundo olvidado… Como si de un eco se tratara, el nombre de la autopista resonó y rebotó por todas las paredes de mi cabeza. Ya no podía soltar la idea de descubrir ese mundo olvidado.

Así que allá nos adentramos.

IMG_7010.jpgLa carretera comenzó como toda Nueva Zelanda: verde. Verde hasta donde la vista te alcanza, veinte por ciento azul del cielo, ochenta por ciento verde lima, verde menta, verde pino, verde caqui, verde pistacho, verde oliva, verde esmeralda. Incluso se dejó ver algún que otro verde amarillento, pero verde al fin y al cabo.Marta Diarra LampiTodo este verde era el manto de un sinfín de montes redonditos plagados de vacas y toros y ovejas que a lo lejos no eran más que puntos negros, como si un gigante hubiera ido dejando bollitos por doquier, y en ellos se subieran hormiguitas a por su trocito de merienda.

Marta Diarra LampiIncluso juraría que algunos árboles tenían el color verde en toda su expresión, un verde que me hacía sentir que ese debía ser el original, el puro. Creo que el efecto óptico-colórico vino de la mano del sol, que aun fuerte a esas horas del día ya se preparaba para el atardecer, apreciándose en él las primeras pérdidas de intensidad antes de tornarse naranja y desaparecer en la noche. Me hacía pensar en el sol como un culturista de 60 años: musculoso pero pachucho.

_MG_7023-Pano.jpgLos cuarenta minutos de carretera plácida y en línea recta mutaron sin apenas darnos cuenta a una serie de serpenteantes curvas inseguras que curva tras curva susurraban a mis sesos que de ese sitio mi psique no saldría ilesssa. Curva tras curva tras curva…

El camino, sin quitamiedos y con precipicios, nos adentró en una selva templada donde las palmeras verde oscuro fueron las protagonistas. Bajamos la ventanilla del coche para que me diera el aire fresco en la cara, tenía el estómago descompuesto.

Y entonces lo olí.Marta Diarra Lampi

– Miguel, ¿lo hueles?

Sí… huele a… a Coromandel. Y a los Catlins.

¡A la cascada! –adivinamos a la vez.

Olía a lo que huele cuando te adentras en la vegetación del país, a una humedad aplastante pero tan gélida que al respirar te enfría la nariz, los conductos nasales y hasta los pulmones. Olía a madera de árbol que de tan mojado que está sabes que se ha ablandecido aun sin tocarlo. Olía a frondosidad, a apartar árboles con las manos para darte paso y a oscuridad porque las ramas se también niegan a dárselo a los rayos del sol.

Olía a mi año en Nueva Zelanda, a recuerdos que dibujan sonrisas en el alma, a abrazos que son hogar. Ahí fue cuando tuve la certeza de, nos llevase a donde nos llevase esta carretera del mundo olvidado, sería a un sitio especial.

Porque a eso huelen los lugares especiales en Nueva Zelanda.

– ¡Joder con el pájaro!

Y frenazo.

_MG_7094.jpg

Un pequeño loro de colores (que más tarde descubrí se llaman kākāriki) se cruzó frente a nuestro parabrisas. Al ave suicida le siguieron más loros, faisanes de colores y colas laaargas, cabras, pavos y hasta toros sobre vías de tren. La carretera, ahora de grava, fue una locura animal que terminó en el único pueblo de toda la “autopista”: Whangamomona.

Después de tanto verde, parecía que habíamos llegado a otro mundo. En el pueblo sólo había un par de casas, un parque, un hotel, una oficina de correos destartalada y lo que creo era un mecánico. Parecía que estábamos en un silencioso lejano oeste de asfalto, sólo faltaba la bola de paja solitaria rodando ante nuestros ojos. Porque el individuo bebiendo en el porche del hotel con ropa tejana, pocos dientes, muchos tatuajes, barba gris de varios días y expresión de no haber salido nunca de allí ya lo teníamos frente a nuestros ojos.

Era la reencarnación en vida de Cletus, el cateto de Los Simpsons._MG_7061.jpgEntramos en el hotel, pregunté rápido por el servicio y corrí hacia él. Hice que mis intestinos volvieran a su posición original entre carteles consejeros del tipo “no tire al W.C. productos sanitarios, pañales, cachorritos, sueños ni esperanzas” o “la jardinería es más barata que ir a terapia y encima obtienes tomates”.

Hasta que no salí del baño recompuesta, no me había tomado el tiempo suficiente para examinar el lugar donde estaba. Las paredes de este hotel, que más que acomodación parecía un bar, estaban plagadas de carteles chistosos, recortes de periódicos y fotografías antiguas. En un corcho titulado “REPUBLIC DAY 2005” colgaban fotografías de cientos de personas vestidas de cabaret, otras cortando leña, otros pintando a niños, otros en una bañera con ¿serptientes?, otros viendo carreras de ovejas…

Cada rincón de pared tenía una historia distinta. Había de todo.

 

Volviendo sobre mis pasos me encontré de nuevo en el bar del hotel, con su billar en el centro, sus paredes adornadas con cráneos y cuernos de cabras, fotografías de equipos de rugby y merchandising con camisetas y gorras del pueblo; con sus cuatro personas viendo las noticias y con su camarera en la barra. Un cartelito de “PASSPORT OFFICE” llamó mi atención.

– Por dos dólares te sellamos el pasaporte. Te lo pueden sellar el mismísimo presidente de la república y la primera dama –me dijo la camarera señalando a una pareja de ancianos que bebía cerveza detrás mía.

¿Presidente de la república? ¿Primera dama? ¿Sellar pasaporte? ¿Dónde me había metido? Tenía que averiguarlo.

– Excuse me… can you…? My passport…

Yes, It’s two dollars.

Ese breve chapurreo mío inglés dio paso a toda una conversación en la que descubrí que no estaba en un pueblo, sino en una micronación. Todo se remontó a 1989 cuando, tras haber formado desde siempre parte de la región de Taranaki, el gobierno redibujó las fronteras regionales haciendo que el pueblo ahora formara parte de la región de Manawatu-Wanganui. Los ¿whangamomoneños?, se negaron al cambio. Y el gobierno se negó a que se negaran. Visto que no podían luchar contra la ley, se inventaron la suya: el 1 de noviembre de 1989 se autodeclararon República Independiente de Whangamomona como protesta, separándose así no sólo de Manawatu-Wanganui, sino de todo el país.

Y como micronación que es cada dos años enero es el mes de las elecciones. Y si la historia de la República de Whangamomona ya me suponía una genialidad, la historia de sus presidentes ya me parece brillante: el primer presidente, Ian Kjestrup, gobernó durante diez años. Lo curioso es que ni siquiera sabía que formaba parte de la candidatura, alguien puso su nombre sin su permiso.

En 1999 “Billy Gumboot” pasó a ser el nuevo presidente porque… se comió todas las papeletas y no tuvo más remedio que aceptar el mando. Ah, se me olvidó comentar que Billy es una CABRA que gobernó la República durante dieciocho meses.

El siguiente presidente fue Tan, un caniche cuyo mandato no duró mucho, pues fue atacado por un mastín. Tai sobrevivió, pero nunca llegó a recuperarse del todo del ataque. Algunos, todavía sospechan que fue un intento de asesinato…

En 2005 el caballero Sir Murt “Murtle the Turtle” ganó unas elecciones bastante reñidas. Aunque lo apodaban “turtle”, éste era un hombre de verdad. En 2009 fue reelegido por un solo voto. Lamentablemente murió en 2015, y en memoria el pueblo lo nombró como primer y único caballero de la República.

Durante dos años y por primera vez en la historia de la República Independiente de Whangamomona, una mujer se hace con el poder: Vicky Pratt. Resulta curioso que gobierne una cabra años antes que una mujer. Como la vida misma…

Y en ese instante de octubre de 2018 estaba conversando con John, el actual presidente de la República, y su mujer en un bar perdido en medio del universo.

IMG_7063.jpgCuando le di mis dos dólares por el sello que me estampó, puso las monedas en un tarrito de cristal con más monedas y billetes.

– Con el dinero que recaudamos de los pasaportes y del merchandaising, es con lo que pagamos los arreglos del pueblo, el colegio y el equipo de rugby. Porque aquí vivimos 200 personas eh, en 20km cuadrados.

Y yo me preguntaba dónde vivirían estas personas. Yo no vi casa alguna al llegar. Y existir, existen, que las he visto en las fotografías del bar. ¿Dónde estarán? ¿Por la montaña? ¿A qué se dedicarán? Y como si me leyera la mente, me explica que

– Aquí no tenemos Internet. Aquí las personas nos relacionamos las unas con las otras, hablamos entre nosotros, no como en las ciudades. Aquí los niños salen a jugar a cazar possums y cabras.

Mi móvil me confirma que efectivamente, no hay cobertura, por lo que no podría haber Internet. Y pienso que a veces sentimos que el mundo es muy moderno y “avanzado” (habría que ver qué se entiende por “mundo avanzado”), pero que todavía existen rincones donde no hay Internet, ni YouTube, ni memes, ni vídeos virales. Todavía existen lugares donde los niños salen a cazar.

Y a veces los tenemos a un par de horas en coche.

– Marta, tenemos que irnos ya. No podemos conducir de noche.

Noquiero-noquiero-noquiero-noquiero.

Mi mente y mis pies deseaban anclarse en ese lugar por unos días más, quería saber más, quería ser estar y vivir, hablar con más ciudadanos, conocer. Pero anochecía y debíamos seguir con la ruta. Whangamomona sólo era un paréntesis en el camino. Un paréntesis hecho de bosque puro cuya curvatura abraza a la República Independiente más fascinante en la que jamás haya estado.

IMG_7067.jpgEl atardecer se comía el cielo mientras cubría a las montañas con su manto anaranjado. Al día le quedaban pocas horas de vida. Y viendo por última vez el pueblo desde la ventana del coche comprendí que en el hotel de Whangamomona no sólo me sellaron el pasaporte. También dejaron una estampilla de felicidad en mi corazón, que desde ese día se hizo un poquito más grande.

WhatsApp Image 2019-05-07 at 20.14.48.jpeg